Carta a quien está luchando por tener un hijo.
A ti, que te imaginabas que el camino hacia la maternidad sería recto y sencillo.
A ti, a quien le repitieron cientos de veces que durante la juventud lo que importaba era evitar un embarazo, porque conseguirlo era lo más fácil del mundo.
A ti, que creciste jugando con muñecas, escogiendo nombres, interiorizando desde muy pequeña lo que era “ser mamá”.
El día que te comunicaron que conseguir un embarazo no sería tarea fácil y que habría que recurrir a tratamientos médicos que jamás imaginaste, fue un shock. Los estereotipos que hemos ido creando en nuestra sociedad a lo largo de los años nos forman tal y como somos, y se adhieren de forma intrínseca en nuestro ser. Jamás crecemos pensando en que no podremos tener hijos, sino que damos por hecho que, llegado el momento, ocurrirá y no habrá ningún problema.
En muchas ocasiones, la infertilidad solo se comparte una vez se ha conseguido tener un hijo. Para muchas otras personas que aún no han tenido esa suerte, los desafíos quedan ocultos; los minutos eternos en la sala de espera, los pinchazos, las visitas, el saber que tienes que hacer una analítica más, la taquicardia cada vez que suena el teléfono y aún no llega esa llamada con el resultado. Los comentarios de “cuando te relajes, te quedas”, las comparaciones con mujeres que ya son madres, tus propios pensamientos intrusivos. El tabú que acompaña a la infertilidad en ocasiones te ha hecho sentir sola, mirando a tu alrededor pensando “¿ella también lo habrá tenido que hacer?”, porque muchas veces se vive en silencio, temiendo al qué dirán.
Pero hoy, no tienes que temer. Hoy es un día en el que alzamos la voz para hacerte saber que no estás sola; que no eres la única que pasa por esto. Decidir seguir adelante es una opción que requiere valentía y fortaleza, y tú demuestras a diario tener eso y más. Tu historia de (in)fertilidad es una historia única, plagada de matices que la componen, igual que a ti misma. Saber que no recorres ese camino sola puede darte una esperanza y un alivio que quizás no sabías que necesitabas. Tú luchas con amor, con deseo, con ternura y con anhelo, y sigues luchando aunque el camino no sea recto ni fácil. Y ese, precisamente, es el acto de amor propio más profundo de todos.